En el juego del truco que miré jugar a mis padres y amigos, la mentira resulta infinitamente más entretenida que esos embustes solemnes del póker. Me da la impresión que todos fingen ser serios y millonarios cuando lo juegan, aunque apenas sostienen su dignidad. En el truco, en cambio, se miente con gracia, con picardía, con esa desfachatez elegante que hace del engaño un arte menor… pero muy bien ejecutado.
No es casualidad: casi todos juegan al truco y muy pocos al póker. Y eso ya dice bastante.
Intento hoy, con la modestia que me caracteriza cuando no estoy exagerando, recorrer algunos vaivenes de esas partidas de truco o mejor todavía, estas truqueadas que mi padre y mi hermano me enseñaron a querer en ese rincón del mundo donde el viento no pide permiso: Coyhaique.
Partamos por lo mínimo, que siempre termina siendo lo más largo.
El truco —o truque, si queremos ponernos finos— es un juego de naipes de baraja española, antiquísimo, difundido por España y América, y con más historia que varios próceres juntos. Tan viejo es, que hasta Don Quijote de la Mancha parece enterarse, gracias a la pluma de Miguel de Cervantes, de que los naipes ya hacían de las suyas en tiempos de Carlomagno. Recordemos este pasaje:
"–Yo, señor don Quijote de la Mancha, doy por bien empleadísima la jornada que con vuestra merced he hecho, porque en ella he granjeado cuatro cosas. La primera, haber conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran felicidad. La segunda, haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos, con las mutaciones de Guadiana y de las lagunas de Ruidera, que me servirán para el Ovidio español que traigo entre manos. La tercera, entender la antigüedad de los naipes, que, por lo menos, ya se usaban en tiempo del emperador Carlomagno, según puede colegirse de las palabras que vuesa merced dice que dijo Durandarte.”
Nada mal para un pasatiempo que hoy se juega entre humo, risas y alguno que otro insulto cariñoso.
Como tantas historias bien contadas —y otras mejor exageradas— el truco se desparrama por Latinoamérica con entusiasmo contagioso: Uruguay, Argentina, Paraguay, y rincones de Colombia y Venezuela lo adoptan con fervor. Pero en Aysén y Magallanes —donde el vecino argentino está más cerca que la excusa— el truco no es un juego: es casi una necesidad fisiológica.
Donde uno vaya en Aysén, están jugando al truco y sorbeteando mate amargo
El truco se juega siempre y en todas partes: antes del asado, durante el asado y, si la dignidad lo permite, después del asado. En días libres, feriados, vacaciones, campamentos, bares, clubes rurales y en esos lugares que la moral nombra en voz baja pero la memoria recuerda con nitidez.
Yo lo vi en el Chible, en el Español de los Morán y en varios antros del pueblo nuevo donde la juventud se me escapaba con notable entusiasmo. Cuando trabajé en radio, organicé tres campeonatos de truco, ante el asombro de toda una audiencia.
Si uno se pone académico —error frecuente, pero a veces útil—, puede rastrear el origen del truco hasta la Edad Media, en las provincias vascongadas del sur de España. Allí se llamaba truque, y compartía mesa con el mus, ese otro juego donde las habichuelas valen más que muchos discursos.
El siempre agudo Pío Baroja ya dejaba entrever ese ambiente denso de cartas dobladas, miradas calculadas y silencios que gritaban más que cualquier apuesta. Baroja comentaba en sus escritos que el truco nació en la Edad Media, en las provincias vascongadas del Sur de España.
Primitivamente se conoció con el nombre de truque, y junto con nacer éste, nacía también el mus, un juego de naipes muy similar y que se juega con naipes y habichuelas. Baroja, en su libro La Venta, ya se refiere al truco, señalando en una breve descripción la atmósfera que proyecta:
Mientras tanto, la dueña de casa va de un lado a otro y el patrón juega una partida de mus con otros tres, en una mesa tan alta como los bancos donde se sientan. Y los cuatro, graves y serios, doblan los naipes, ya de suyo grasientos y abarquillados, y los envidos y los quiero se suceden acompasadamente y va aumentándose el número de habichuelas blancas y coloradas de los dos bandos contrarios.
Pero volvamos a lo importante: la mentira.
En el truco, la trampa no es un accidente; es un requisito. Una mentira reglamentada, podríamos decir, con la tranquilidad de quien engaña por deporte y no por necesidad. El verdadero talento consiste en decirle al compañero exactamente lo que tiene… sin que el adversario entienda una sola palabra. Un arte de comunicación tan sofisticado que haría sonrojar a más de un diplomático.
Los viejos camperos de Aysén, enfrentados a una soledad que no admite distracciones mediocres, convirtieron el truco en rito. Junto al fogón, entre mates, humo y silencios largos, el juego se volvió tan serio que a veces se apostaba todo: hacienda, tierras, producción anual… y, me atrevería a decir, algo del orgullo que luego costaba recuperar.
Quiero, no quiero, real envido, falta envido
Las reglas, por supuesto, existen. Nadie las recuerda completas, pero todos las discuten con absoluta convicción. Se juega con baraja española, sin ochos ni nueves —porque algo de orden debe haber en el caos—, con tres cartas por jugador y una serie de fases (envido, truco y flor) que se invocan como conjuros. El envido, el real envido y el temido falta envido no son sólo jugadas: son declaraciones de carácter, desafíos velados, pequeñas guerras verbales donde se mide más el temple que las cartas.
Y luego están las voces: quiero, no quiero, son buenas. Frases breves, tajantes, que en otro contexto podrían arruinar amistades, pero aquí las fortalecen… o las dejan en pausa hasta la próxima partida.
En la Patagonia aysenina, el truco se volvió también espectáculo. Recuerdo con especial orgullo aquellos programas dominicales en Radio Ventisqueros, junto a Ximena —voz y cómplice— y bajo la mirada satisfecha de Jorge Díaz Guzmán, su imbatible Director, donde llevábamos al aire historias de gauchos, campesinos y memorias vivas que parecían no acabarse nunca.
Pero lo que realmente encendía a la audiencia —y de paso, a más de algún ego— eran las partidas de truco en vivo desde los salones del Quilantal que hicimos por la Radio Patagonia. Parejas que llegaban con más confianza que cartas, jueces solemnes como si arbitraran un tratado internacional, y veteranos que no jugaban para ganar, sino para recordar cómo se gana.
Un pequeño teatro, en suma. Con héroes, villanos y farsantes… que a veces eran la misma persona.
Y así termina, por hoy, esta partida. No con un quiero ni con un no quiero, sino con unos versos que, como buena jugada, dicen más de lo que aparentan:
El tigre tiene su amor, el cariño la paloma,
la rosa tiene su aroma… y hasta el cardo tiene flor.
Como el truco mismo: áspero, mentiroso… y, sin embargo, irresistible. Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.
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