Nací sin hacer ruido, lo que ya es una rareza para un asunto tan escandaloso como venir al mundo. Fue sobre una cama blanda, mientras mi madre se me iba apagando como lámpara sin aceite. Dicen que mi cuerpo quedó horas sobre una mesa de madera, al lado de un libro enorme y testarudo llamado El Cauce Infinito. Yo, que no sabía todavía ni de hambre ni de relojes, me aferré al calor que le quedaba a esa piel cansada y con eso me las arreglé para seguir vivo, como quien se cuelga del último vagón de un tren en marcha. Una vecina, enviada por algún santo sin apuro, llegó a ordenar el desastre y a ponerme un destino encima.
Desde el comienzo el libro y yo nos entendimos sin palabras, como dos cómplices que se guiñan un ojo en la oscuridad. Nadie sabía explicar por qué, y tampoco hacía falta: las cosas importantes casi nunca traen manual. Un pariente de mi madre —al que terminé llamando abuelo por pura necesidad del corazón— empezó a llevarme con él. Crecí pegado a su sombra, convertido en un empezadizo de hombre, mientras el paisaje se me metía por los bolsillos con olor a pasto verde y a ramalazo de lluvia.
El viejo hablaba del libro como de un animal vivo. Lo leía tantas veces que las páginas parecían aprenderse su voz. “Tócalo”, me ordenaba, sacándolo de las chiguas con esa cara suya, mitad impaciente, mitad atribulada, como si temiera que el mundo se acabara antes de la página siguiente. El libro aparecía en todas partes: sobre el mueble de la cocina, dentro de un pilchero, o escondido como un cajón de manzanas olorosas. Para mí era una puerta móvil.
Las primeras revelaciones
—Ahí adentro te vas a topar con las revelaciones —me decía sin soltar el contadero de ovejas—. Yo te las iré marcando. Ya te darás cuenta.
Y me di cuenta, claro que sí. Me llevaba el libro al bosque, lo acostaba sobre unas rocas planas y, con ramitas quemadas, copiaba sus signos como si estuviera aprendiendo el alfabeto con el viento de fondo. Entendía cosas imposibles y otras que todavía no entiendo, lo que viene siendo lo mismo.
Una tarde de lluvia me descubrí declamando unas líneas con el libro apretado al pecho. El abuelo casi se cae de espaldas, como si hubiera visto a un perro rezando. Después aparecieron astros dibujados, estrellas que no sabía si estaban en las hojas o colgando del cielo de verdad. En esa confusión hice un juramento solemne: preguntarle todo al viejo apenas llegara, antes de que el mundo se me desordenara por completo.
Llueve esa tarde como si el agua estuviera cobrando deudas. Desde los vidrios sucios veo la tristeza en forma de perros y potros cabizbajos. Me zambullo otra vez en el libro y nado por capítulos larguísimos hasta que encuentro, en la página 880, una frase que me muerde:
…mi sangre navega por un cauce infinito.
No latiré sin conclusión. No podría hacerlo todavía…
Antes de que el invierno se acomodara en los cerros, el abuelo amaneció muerto. La pena hizo un ruido espantoso, como carreta sin engrasar, y yo pensé —con ese egoísmo inocente de los huérfanos— que todo lo suyo me quedaría a mí, incluido el libro y sus secretos con llave floja. Desde entonces el mundo empezó a mostrarme las uñas. Me peleé con las ceremonias de los vivos y de los muertos, buscando un laberinto que explicara qué demonios me unía al Cauce Infinito.
Con los años entendí que el viejo no se había ido del todo: aparecía desde las páginas como viento con sombrero, moviendo las hojas para responder mis dudas. Yo vivía atado a esos sucesos como perro a su estaca: tomas de tierra, desórdenes, forajidos con mala ortografía. Todo parecía estar escrito antes de suceder, y el libro me daba un poder incómodo: conocer el pasado y el futuro sin pedir permiso.
Las páginas trajeron gente de carne y polvo
Más tarde, cuando mis ojos empezaron a distraerse con las redondeces de las muchachas —ese otro libro sin índice—, las páginas trajeron gente de carne y polvo. Vi entrar a Efraín, manco y silbador de rancheras, acompañado por Pedro Cárcamo; vi crecer ciudades, galpones, embarcaciones, familias completas que cruzaban las hojas como si fueran calles. Entendí entonces que, al abrir el libro, yo tomaba el timón de la historia y lo transcribía.
El Cauce era viejo como un abuelo de los abuelos: cubiertas rústicas, piel en las esquinas, lomo sin nombre y un olor a siglo guardado. Había pasado cien años escondido en una caja, lejos de la luz y por eso se mantenía terco y casi inmortal. Yo decidí leerlo a mi antojo, enfocando solo lo que me dolía o me intrigaba. Una lectura dirigida, casi un contrabando del tiempo.
Los primeros ejercicios
Allá en Ñirehuao casi no había casas cuando llegué con Amancio Casas, montado en un pangaré gris que parecía tener más prisa que yo. Lo que cuento está en la página 80 pero igual lo repito para que no se pierda.
El viento de Ñirehuao pega fuerte y duro. Entré a la cantina de los Higinios después de mojarme la cara con agua traída en mangueras negras desde un tacho de aceite jubilado. Me quedé quieto, esperando que el destino se presentara con nombre y apellido. Fue entonces que apareció el gaucho Isidro, palabra caminante, memoria con espuelas. Treinta años llevaba en esa pampa, domando potrillos para los ingleses de la Compañía Ganadera.
—Me dieron quince potros ariscos —contaba inflando el pecho— y al año los entregué mansitos como monjas.
La noche se llenó de historias: mangas de lana, viajes que nunca se cumplen, ríos anchos que se cruzan haciendo sombra p’al monte. Y, como siempre, el libro metió su cuchara: de una página salió el domador Carrasco, treinta años de polvo en las botas, y yo me arrimé al ruedo protegiendo mi Cauce bajo las chiguas, como quien cuida un hijo de papel.
Después llegaron Foitzick, Felidor, Celestino, con sus ojos claros y sus recuerdos desordenados. Contaban del Chubut, de pampa sin árboles, de huevos de avutarda recogidos con alegría de descubridores.
—“Llegabámos” ahí y “alzabámos” huevos —decía uno, feliz de su propio castellano torcido—. Era lindo saberse el primero.
Y yo los escuchaba entendiendo, por fin, que el libro no inventaba nada: solo tenía mejor memoria que nosotros.
Con el tiempo entendí que uno no lee el libro: es el libro el que lo lee a uno, como un perro viejo que le huele los miedos al dueño. Yo ya no distinguía bien qué parte de mi vida era mía y cuál me la dictaba ese montón de hojas tercas. A veces pensaba que, si lo dejaba abierto sobre la mesa, saldrían de ahí mis próximos pasos, mis errores todavía sin estrenar, incluso el modo torpe en que iba a enamorarme alguna vez.
Ñirehuao, un viento con nombre propio.
Los hombres entraban y salían de las páginas como de una cantina sin puertas. El gaucho Isidro se me volvió pariente de tanto visitarlo; Foitzick, Felidor y Celestino se me mezclaron con los tíos verdaderos, y ya no supe si los había conocido primero en carne o en papel. El mundo se me volvió un gran borrador donde el Cauce escribía en limpio.
Yo, por mi parte, hacía lo que podía: crecer, equivocarme con entusiasmo, mirar a las muchachas como quien aprende un idioma peligroso. El libro me acompañaba como un cómplice algo burlón. Cuando me veía demasiado serio, me soltaba una revelación; cuando me creía sabio, me escondía las páginas.
A veces, en las noches largas, juraría que el abuelo se sentaba al borde de la cama. No lo veía del todo, pero sentía su olor a humo y a lana mojada.
—No te apures —parecía decirme—. La vida también se aprende por tropezones.
Y yo le hacía caso, porque los muertos que saben leer merecen obediencia.
Así fui entendiendo que mi destino no era escapar del Cauce, sino aprender a navegarlo sin marearme. Que la soledad no es un cuarto vacío, sino un caballo sin jinete esperando en el patio. Que la memoria es un animal caprichoso que muerde si uno la trata mal.
Hoy miro hacia atrás y me veo a mí mismo, niño silencioso sobre una mesa, respirando el último calor de mi madre junto a un libro más grande que el mundo. Todo lo que vino después —los gauchos, las lluvias, los amores torpes, las tomas de tierra, los forajidos con mala suerte— estaba ya agazapado en esas páginas como pájaros antes del vuelo.
Y si alguien me pregunta quién soy, no sabría responder sin abrir el Cauce Infinito. Tal vez no sea más que eso: un lector que se cayó adentro y todavía no encuentra la puerta de salida.
Tampoco estoy seguro de querer encontrarla.
Porque al final he aprendido una verdad sencilla, de esas que no salen en los diccionarios: uno no posee las historias; son ellas las que lo adoptan a uno, le ponen nombre y lo mandan a vivir con lo puesto. Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.
Grupo DiarioSur, una plataforma de Global Channel SPA.
Powered by Global Channel
244939