Ocurrió en años donde sobrevivir en Osorno ya era épico de por sí, cuando cada día era una lucha por mantenerse con vida, desde luchar cuerpo a cuerpo contra un enemigo físico, hasta conseguir algo básico para alimentarse sin saber si al día siguiente se iba a amanecer con vida.
Fue en el inicio del siglo XVII, en 1600, cuando la ciudad de San Mateo de Osorno era parte de las siete ciudades españolas del sur que empezaron a ser destruidas tras la rebelión mapuche huilliche que lideró el toqui Pelantaru. Fue un 20 de enero de 1600 cuando la ciudad fue destruida por completo, pero los pocos sobrevivientes se replegaron al fuerte del Señor de la Misericordia por dos años más, aguantando el constante asedio, las enfermedades y el hambre, éste último el enemigo más implacable.
Los “osornenses“ sobrevivientes –así era el gentilicio de Osorno en el siglo XVII- debieron dar por perdida la ciudad y huir a Chiloé. Debió pasar casi dos siglos para que la ciudad volviera a renacer cuando en 1796 fue refundada por orden del entonces gobernador de Chile Bernardo Higgins, padre del prócer Bernardo O’Higgins Riquelme.
Pero la historia de la destrucción se empezó a forjar antes, cuando el 23 de diciembre de 1598 las tropas mapuches se sublevan y en la Batalla de Curalaba cae en combate el gobernador Martín García Oñez de Loyola.
El virrey del Perú dispuso el envío de refuerzos a Chile al mando del coronel Francisco del Campo, militar de excelente hoja de servicios, según los cronistas de la época. Ese refuerzo constaba de 265 hombres los que debían llegar a la ciudad de Valdivia que, según se sabía, podía ser atacada en cualquier momento. Del Campo llegó a dicha ciudad vecina el 7 de diciembre de 1599, once días atrasado, pues ya había sido destruida.
Con la caída de Valdivia, Osorno estaba más desprotegida que nunca para los conquistadores españoles y lo mismo vivían los habitantes de Villarrica.
Del Campo eligió avanzar hasta Osorno y reunió una fuerza de unos cuatrocientos hombres, incluidos los que ya tenía la plaza y los que lograron escapar de Valdivia, pero esto no impidió que una noche los indios incendiaran sorpresivamente el convento de San Francisco.
Acosados por los mapuches y huilliches, el jefe español tomó la decisión de aprovisionarse de armas, municiones y ropas en las ruinas de Valdivia, donde había dejado su barco, y así regresar a Osorno, pero los indígenas tenían espías, se enteraron del movimiento de Del Campo y lo aprovecharon para atacar la ciudad.
Un 20 de enero de 1600 las tropas de Pelantaru atacaron Osorno, sabiendo que no contaba con suficientes soldados y la saquearon casi a placer, sin la resistencia de sus habitantes.
Según el relato del historiador Víctor Sánchez Olivera en su obra “Historia de Osorno“, los osorninos se preparaban para festejar la fiesta de San Sebastián, pero sabiendo la posibilidad de un ataque pidieron suspender las ceremonias religiosas, no obstante, el corregidor lo prohibió, tal vez para no alarmar a la población.
Sin embargo, el corregidor permitió que los vecinos durmieran esa noche del 19 de enero dentro del fuerte, en la manzana noreste de la plaza, decisión que salvó la vida de los pocos defensores de Osorno.
Según Víctor Sánchez, el asalto del día 20 dejó a la ciudad, con excepción de la manzana fortificada, reducida a escombros humeantes. Al caer la tarde de ese día los asaltantes se retiraron a las lomas situadas al norte de la ciudad, pasado el río, y regresaron al siguiente a saquearla antes que llegara el coronel del Campo, cuya proximidad conocerían oportunamente por centinelas que habían dejado junto al río Bueno.
Los mapuches quemaron las casas e iglesias de la ciudad y, según relatos, profanaron el Santísimo Sacramento e imágenes sagradas. También asediaron por tres días el fuerte y se retiraron antes de que llegaran los refuerzos españoles. Del Campo llegó a Osorno el 24 de enero.
Del Campo no pudo quedarse de punto fijo en Osorno, pues se enteró que el corsario holandés Baltazar de Cordes había invadido Castro y decidió auxiliar a la resistencia española.
A su regreso a la ciudad hizo guerra contra las tropas mapuches que intentaban evitar que tuviera contacto con el gobernador de Chile Alonso de Ribera, pero viendo que el asedio era insostenible el jefe español tomó la decisión de trasladar a toda la población a Castro.
Según el historiador Víctor Sánchez, mientras muchos de sus compañeros se dispersaron a la costa para reunir embarcaciones para cruzar a Castro, los indígenas, guiados por un mestizo quiteño llamado Lorenzo Baquero, a quien del Campo había castigado anteriormente, cayeron sorpresivamente sobre el campamento del coronel. Del Campo sucumbió a manos del mestizo que, a su vez, fue muerto por un español.
El cadáver del coronel Francisco del Campo fue echado por sus compañeros a un río, atado a grandes piedras, a fin de que los indios no profanaran su cuerpo, ni utilizaran su cabeza como trofeo de victoria.
La muerte del coronel echó por tierra la huida de los “osornenses“ a Chiloé que debieron seguir resistiendo con escaso apoyo logístico.
A fines de 1601 llegó a Valdivia un navío de refuerzos a cargo del capitán Francisco Hernández Ortiz y cuya expedición siguió de inmediato en dirección a Osorno. Al llegar comprobó cómo los “osornenses“ malvivían y comían lo que podían encontrar.
Hernández de Ortiz fue a Valdivia y levantó el fuerte Santísima Trinidad en 1602, cuyos habitantes lo abandonaron dos años después. También comprobó la total destrucción de Villarrica y regresó a Osorno.
En Osorno, de los 400 hombres que reunió en su momento Francisco del Campo sólo quedaban 80 y se tuvo que obligar a las mujeres a sumarse a las labores de defensa cuando los indígenas atacaban el fuerte. La situación era tan insostenible que Hernández de Ortiz decidió dejar el fuerte y guiar a la población hacia Calbuco.
El 15 de marzo de 1604 los “osornenses“ tomaron el camino del sur en dirección a Calbuco. Las crónicas del padre Rosales relatan la triste odisea de hombres, mujeres y niños, caminando por bosques y pantanos, mal alimentados y con algunos soldados cargando hasta tres niños para avanzar, siempre con el miedo de un ataque indígena. En la penosa marcha fallecieron 24 personas entre españoles e indios amigos.
El historiador Víctor Sánchez señala que hubo un grupo de monjas sobrevivientes que no se fueron a Calbuco, sino directamente a Castro. Un barco fue a buscarlas, pero como si sus penalidades hubieran sido pocas, el navío que las conducía, azotado por un temporal, se perdió en Concepción, por lo que debieron terminar su viaje en otro barco. Al final se radicaron en Santiago con el nombre de monjas Claras.
Tanto las crónicas del padre Rosales como del historiador Víctor Sánchez señalan que ya en Chiloé, los indios y españoles de Castro colmaron a los desvalidos con mil atenciones, dentro de la escasez general de recursos.
Tras este episodio Osorno casi quedó en el olvido. El cronista Córdoba y Figueroa, quien escribió su Historia de Chile más o menos en 1740, dice: “Este país quedó tan impenetrable, que de presente no habrá diez españoles en Chile que la hayan visto“. Hubo muchas mujeres y monjas que quedaron cautivas de los huilliches, algunas de ellas rescatadas posteriormente como doña Juana de Figueroa, doña M. de Luna y doña Violante Suárez.
El padre Luis Mansilla Vidal, en su obra “Relación genealógica de varias familias de Chiloé“, destaca la estirpe osornina, descendiente de muchos conquistadores españoles que habían llegado junto a Pedro de Valdivia. Muchas de esas familias se asentaron en Chiloé. «Parece que Osorno hubiera sido la tierra clásica donde se formó el nudo gordiano de las familias de los primeros Conquistadores, cuyos vástagos se han extendido con profusión, de manera que para ellos no ha habido frontera ni de mar ni de cordillera que les haya impedido formar esa cadena interminable», escribió el padre Mansilla.
También surgió el mito de que algunos osorninos que lograron huir se asentaron en el lago Puyehue y levantaron la mítica Ciudad de los Césares, completamente alejada de la civilización. En 1777 un expedición salió de Valdivia con la misión de encontrar la ciudad perdida, pero en el fondo marcó las bases para una futura repoblación de la ciudad, sobre todo reconociendo el terreno y creando algunas alianzas con los huilliches más allá del río Bueno.
Años después, cuando Osorno se refunda en 1796, muchas de las familias osorninas que ya vivían en Chiloé regresaron para repoblar la ciudad de sus ancestros, por eso muchos dicen que Osorno le debe mucho a la sangre chilota que mantuvo esa antigua estirpe y que posteriormente se extendió por todo Chile. Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.
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