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Mi profesor Aliro Asenjo, Romanza senza parole

Por Óscar Aleuy / 28 de diciembre de 2025 | 11:50
Aliro Asenjo se convirtió con el tiempo en mi primer referente musical, Hoy regresa a acompañarme. Foto Grupo NLDA.
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Resbalando como una excusa inevitable—Aliro Asenjo se dejó caer en el silencio de mis 15 años, igual como caen ciertas músicas, sin pedir permiso.
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Fue ocupando las alturas del salón con un acordeón de respiración humana, música que subía y que bajaba como si fuera un pecho antiguo que me empujara sin violencia al mundo arduo y fascinante de las corcheas y una especie de aritmética secreta que ordenaba todos los temblores.

Mientras tanto, el viento de la nieve de julio, algunas revistas derramadas por ahí y el humo lento de su cigarro, se aliaban a botones y teclas en un combate ciego entre el ser y el no ser de todas las cosas.

La primera semana supe del fuelle inmóvil de sus dedos y de los intervalos que estiran la mano trayéndose el alma. En esa teoría había algo de romanzas sin palabras, esa tenue pedagogía del silencio que llegó a quedarse sin pedir permiso. 

Luego vinieron los bajos: los fundamentos de la izquierda caprichosa. Y cuando aprendí el staccato, oyéndolo gritar entre acordes que hacían volar los visillos blancos, acudió hasta nosotros un tiempo de brevedad fulgurante: gotas blancas cayendo desde lo alto, tal vez del Divisadero nevado, acaso de las alturas silenciosas del Mackay. Don Aliro exigía hasta el agotamiento, se desvelaba entero en la proyección de su enseñanza, como si enseñara para salvar algo que todavía no sabíamos que estaba en peligro.

Las horas de música en casa

Tarde a tarde entraba a la casa el profesor. Día a día se despertaban frente a la ventana de rosas miles de fraseos melodiosos, las acentuaciones de los eternos allegrettos del salón oscuro y unos ritornos extraños como ángeles de fuego que entraban por la puerta, entre manos aglomeradas, bajos y saltos, dominantes despóticos de un idioma secreto que había comenzado a responder.

Más pronto de lo que pensaba me dejé llevar por las entradas al teclado de Asenjo. Todas las tardes, a la misma hora, llegaba la sombra del profesor hasta la casa altísima de mi niñez: la casa donde llegaban los amigos, las primeras chicas, los primeros diarios, las radios de Santiago. Las horas comenzaron a crecer, a multiplicarse. Y aquella casa fue siendo invadida por los arpegios de una roja acordeón Honner que don Matías de Trossingen había inventado como un delirio.

Semana tras semana llegaba ese señor con impaciencia bajo los ojos dulces, trayendo a la casa la nieve que crecía con sus pasos y sus manos, y el método con mis lecciones. Se abrían las hojas de esos papeles celestes que aún conservo como se conserva una reliquia. Entre símbolos, fusas y corcheas, quedó preservada para siempre la letra fina de mi profesor: la indicación favorecida, la tarea olvidada, el capítulo imborrable.

Un día fui capaz de entregarle la sensibilidad de un maesto pensiero. Lo hizo estornudar en medio del salón cálido, junto a la escalera que abría los segundos pisos. A la semana siguiente me senté en la silla más baja y cerrando los ojos invadí sus oídos con una Senza Parole rubicunda, incendiaria. Apilé semicorcheas sobre andantinos dolientes, sobre moderattos graciosos que le abrían los ojos en gestos de aliento, mientras los scherzos se pegaban a los vidrios como esponjas de aire y martirio.

Advertí entonces a los vecinos que pasaban por ahí, reduciendo el paso, bajando la cabeza y escuchando: los fuelles libertinos desbordaban la tarde. Y era una locura indetenida, una magia que traía consigo la llegada del profesor Asenjo a aquella casa nueva de dos pisos que invitaba a vivir en cautiverio. Sin detenerme, le lancé una pantomima scorrevole, calmosamente feroz, que lo dejó adherido a los muros de una piedra laja, mirando caer la nieve, aspirando con fruición su último cigarrillo.

Otro día rodaron por el aire dos tarantellas de arpegios voladores. Las puertas se abrieron, las claves crecieron en el espacio difuso. Cubrí el salón de crescendos y líquidas vertientes de minuetos, hasta una tarde triste en que nuestras lecciones llegaron a su fin.

Aliro Asenjo compartió el allegro vivace de mis quince años sin perder tiempo en lo superfluo. Acarició con premura los inviernos arregostados y vino a encontrarme tarde a tarde a la casa natal del centro de Coyhaique. No hablamos mucho. Había que esperar años todavía para eso. Cuando mis aires de adultez ya eran como una puerta abierta hacia adelante.

Un bullicioso recuerdo de cantos y melodías

Hoy, en este canto triste de romanzas y odas, no puedo olvidar su presencia. Su muerte súbita, su casi mudo reconocimiento, me inquietan. Por eso adelanto ahora mi palabra hacia el corazón de Asenjo, sin pedir nada, sólo para acercarme y preguntarle —en medio del zumbido persistente de una cadencia— por qué, en un acordeón abandonado y cubierto de polvo, siguen respirando todavía sus palabras y sus gestos.

Antes de todo eso, mucho antes del acordeón y del método de tapas celestes, ya lo había visto a don Aliro. Sí. Yo tenía ocho años y lo miraba desde las filas de la escuela, todavía demasiado bajo para entender el peso de lo que se mueve cuando alguien dirige. Allí estaba, de pie, al costado de un órgano de iglesia que respiraba como una bestia antigua, levantando coros con una pasión que me desbordaba. Cada vez que sus brazos se alzaban, algo en mí viajaba: los muelles de Puerto Aysén aparecían sin haber sido aún del todo vividos, la madera húmeda, el crujido, el agua oscura danzando al ritmo de una música que no sabía nombrar pero que ya me estaba comenzando a buscar.

Ese profesor era el mismo y era otro. Movía los brazos como garfios lanzados al aire, atrapando voces, arrastrándolas hacia un centro invisible de la habitación. Tras los anteojos de marco ancho, su concentración era feroz, casi salvaje. Gesticulaba como un energúmeno poseído por una alegría antigua, invadido por la pasión inquieta de su juventud, como si cada ensayo fuera una batalla decisiva contra el silencio. Yo lo observaba sin saber que estaba mirando una forma del futuro, sin saber que esa furia entregada al sonido, ya me estaba enseñando algo anterior a toda técnica: que la música no se aprende, se obedece.

Ahora lo entiendo: aquel niño ya estaba siendo alcanzado. Antes del nombre, antes de las lecciones, antes incluso de saber que existiría un acordeón cubierto de polvo respirando palabras, ya había una figura abriendo el aire con los brazos, ya había un llamado ferviente. 

Y entonces aparece —breve, saltarín— como si la memoria hiciera una travesura. Don Aliro no entra: irrumpe. Da un paso en falso, sonríe torcido, levanta un brazo antes que el otro y el aire se desordena. El tempo se acelera. Todo quiere tocarse a la vez. El acordeón ríe por los costados, el órgano se despeina, las voces tropiezan y vuelven a caer de pie.

Yo lo veo multiplicado: el director, el profesor, el muchacho de ojos encendidos haciendo muecas, exagerando el gesto, marcando un compás imposible y, aun así, todos entran. Nadie sabe cómo, pero entran.

El scherzo se burla del tiempo: no envejece, no muere, no se calla.

Yo ya he sido niño, aprendiz y adulto. Hoy me descubro siguiéndole el pulso con el pie, marcando todavía ese compás encorvado. Porque en algún lugar —entre un acorde malicioso y una risa contenida— Asenjo vuelve a levantar los brazos, y todo empieza otra vez. Como un eterno retorno.  Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.

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