Historias DiarioSur

Cuando el miedo se sentó a la mesa

Por Óscar Aleuy / 20 de diciembre de 2025 | 21:45
Fue común que el bandolerismo asolara las casas solas a principios del siglo XX en Aysén, cuando las mujeres quedaban a cargo del campo (Fotos Grupo NLDA)
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A fines de 1924, cuando el calendario ya bostezaba y Aysén empezaba a oler a verano ralo, don Francisco Maureira decidió que era hora de vender el ganado.
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No fue una decisión heroica ni trágica: fue estanciera. Esa lógica particular que confunde el cálculo con el coraje y la retirada a tiempo con la previsión mordiendo la viruta. Había que juntar las reses, cargar las chatas y enfilar hacia Comodoro Rivadavia, como se hacía siempre, como si el mundo no tuviera la mala costumbre de cambiar justo cuando uno se va.

Así partieron los hombres. Todos. Juan, Romilio, Vicente, el inevitable Guerrero, convencidos —con esa convicción viril que no admite matices— de que proteger animales y mercancías era la gran gesta del momento. Dejaron atrás la Casa Patronal sin mirar demasiado, seguros de que lo verdaderamente difícil viajaba con ellos.

La verdadera guerra, claro. Esa sí que se quedó

En la estancia quedaron las mujeres. Doña Sinforosa Ortiz al mando, sin proclamarse generala pero ejerciendo como tal, custodiando a sus nueras —Lucía, Carmen y Hortensia—, cada una con un niño colgado del cuerpo como una extensión inevitable de sí mismas. Bebés, pañales, viento. La Patagonia convertida en guardería sitiada. No faltaba tanto: harina, azúcar, vino. Lo prometido por los hombres siempre falta menos que lo esencial, y lo esencial, en esos parajes, era no quedarse sola.

Don Francisco, prudente hasta donde le alcanzó la imaginación, dejó dos cosas como defensa: una Winchester recortada y a Tito Oyarzún, sobrino de un peón, ovejero joven, flaco de edad y ancho de miedo. Se confió —vaya uno a saber— en su puntería, o en la esperanza más antigua del mundo: que los rumores fueran mentira.

Pero en la Patagonia los rumores no mienten. Llegan antes que el telégrafo y muerden más hondo que el invierno.

La mañana en que doña Juana Arraigán apareció con la noticia del asalto al señor Pellón, el miedo se sentó a la mesa sin pedir permiso. Nadie lo nombró. Al día siguiente se siguió como siempre, porque fingir normalidad es la primera defensa del que no tiene otra. Hasta que los perros, que nunca exageran, empezaron a ladrar como si hubieran visto al diablo bajarse del caballo.

Y lo habían visto

Dos jinetes entraron al patio montados en caballos negros, lustrosos, con aperos de plata que brillaban demasiado para ser honestos. Eran ellos. Los nombres que se decían en voz baja. El Pan y Agua, flaco, barbudo, con cara de profeta caído en desgracia, famoso por sobrevivir a puro aire y delito. Y el Galván, bajo, moreno, compacto, con una crueldad que compensaba cualquier falta de estatura.

Doña Sinforosa salió a recibirlos como quien recibe una inspección. Sin aspavientos. Cuando pidieron comida —porque siempre piden comida— los hizo pasar. Se sentaron a la mesa entre mujeres y niños, y fue entonces cuando Pan y Agua creyéndose gracioso, dejó caer una frase obscena sobre la fertilidad del lugar. Rió. Esperó.

Esperaba miedo pero recibió silencio

Carmen Ortiz fue la primera en moverse. Rubia, joven, madre reciente, hasta entonces discreta como una sombra. Le habló con una furia que no había ensayado. Las otras la siguieron. No hubo estrategia: hubo cocina. Sartenes, hierros, gritos. Una estampida doméstica tan inesperada que los bandidos retrocedieron más por desconcierto que por daño. El lobo no sabe qué hacer cuando la oveja muerde.

Al irse, Pan y Agua no perdió la última palabra. Nunca la pierden.

—Esta noche vas a saber quién soy —le dijo a Carmen.

Y la noche llegó.

Tito prometió vigilia. Nadie sabía si podía cumplirla. Doña Sinforosa ordenó a los niños en una pieza, turnos en la cocina, ojos abiertos. La madera crujía como si alguien caminara encima del miedo.

El galope volvió solo. Pan y Agua, borracho, cuchillo en mano, apuñalando la puerta, gritando lo que gritan los que creen que ya ganaron. La madera cedía.

Entonces Tito salió de su pieza.

Desde el pasillo, invisible, levantó la Winchester. Cerró los ojos —eso dicen— y disparó.

El tiro no fue heroico. Fue providencial. Le destrozó la rodilla al bandido. Cayó gritando como un animal sorprendido por su propia sangre. Se arrastró hasta el galpón, dejando un rastro rojo y una frase definitiva:
—Aquí se acabó todo.

Y se había acabado.

En medio del albur de la llegada de los bandoleros, la casa debía seguir mostrando calma y hacer como si nada estuviera sucediendo (Foto Redes)

Al amanecer lo encontraron vivo, apenas. Envuelto en paja, desangrándose. No volvieron los hombres. Llegó la gendarmería. El bandido más temido de la Patagonia entregado sin épica, sin duelo, sin gloria. Camino al juicio murió, burlándose de todos.

Tito se fue con ellos. Nunca volvió

Cuando los Maureira regresaron, una semana tarde como siempre, encontraron víveres inútiles y un relato que no protagonizaron. De Tito se dijo todo y nada. Que huyó. Que no pudo volver. Que Galván cobró la deuda. Que yace en algún punto de la pampa.

Lo cierto es que fue el único civil que abatió al mito.
Y pagó por ello.

Aysén protege sus historias, los sucedidos, las contadas bajo las llamas de las fogatas en las ruedas de la noche helada. Aysén siente el orgullo que le da ese sentido de las cosas a sus extramuros. 

Se somete a estos regocijos de las noches frías. Y admira el amor que entre todos transita de boca en boca. Así somos. Dichosos de seguir siendo una voluntad multitudinaria en medio del crecimiento del siglo. Una vez más, preferimos contarnos los que nos dejaron los abuelos, para que el impulso de estas historias sigas engordando sin parar nuestra propiedad privada de siempre: el legado de la tradición.  Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.

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