A esos repartidores de correspondencia se les llamaba valijeros; en los pueblos que miraban hacia Argentina les decían chasquis, como si un eco remoto del Imperio del Sol aún alcanzara a respirarse en estas tierras frías.
Chasqui no era palabra cualquiera. Venía de lejos, de tiempos en que el Soberano Inca hacía correr su voz por quebradas y altiplanos, confiando sus mensajes a jóvenes que surcaban los tambos como flechas humanas. Cada posta era un pequeño milagro de organización: un corredor avistaba al siguiente, se pasaba el bolsón sin detener el paso, y la palabra sagrada seguía viva, corriendo. De aquellos primeros tiempos sobreviven nombres dispersos, recuerdos de hombres que a inicios del siglo XX trazaron ruta donde nadie había pasado antes.
Los primeros valijeros
En los años en que Aysén era casi pura intemperie, antes de que los caminos fueran verdaderos caminos, los valijeros avanzaban como podían entre nevazones que borraban la huella y dejaban al hombre a merced del silencio blanco. A esos mensajeros—ya fueran llamados valijeros o chasquis—les tocaba abrirse paso en un territorio que parecía querer tragarse a cualquiera que se atreviera a cruzarlo.
El oficio venía de tiempos muy antiguos. En tierras lejanas, los chasquis del Inca corrían de tambo en tambo como si el propio sol los empujara, pero aquí en la Patagonia la historia era otra: no había tambos, solo ranchos dispersos, casitas solitarias donde las familias sobrevivían con milagros de fuego y grasa, y un clima que no daba tregua.
De esos tiempos bravos surgió el valijero Manuel Higinio Valenzuela Jara, llegado de Tucapel en 1929, cuando el viento todavía se llevaba los techos y los pasos cordilleranos amanecían cerrados por semanas bajo una muralla de nieve. Lo contrató la oficina de Caminos, ya que aún no se administraban los correos, y desde entonces se convirtió en una sombra que iba y venía cargando bolsones pesados que el pilchero acomodaba en las chiguas como si fueran oro.
Muchos viajes empezaban antes del alba, cuando el frío mordía más fuerte. Los camiones los dejaban en el kilómetro veinte, y desde ahí comenzaba la lucha verdadera: caballos hundiéndose hasta las verijas en la nieve, riendas que se congelaban entre los dedos y un viento que cortaba la cara como vidrio.
En medio de las huellas se armaban fogatas que duraban días, avivadas por chasquis que compartían el fuego, un mate amargo, algún pedazo de charqui, y sobre todo historias: anécdotas, desgracias, chascarros que parecían ocurrir solo porque el clima quería probarlos. Reían poco, pero cuando reían, la risa se elevaba como vapor en la noche helada de la Patagonia.
Cobijarse en algunas casas, para seguir al otro día
Las casas de la ruta eran un alivio y también un recordatorio de lo duro que era vivir ahí. Las familias esperaban al valijero como quien espera una señal de que el mundo aún existe. Lo recibían con sopas calientes, pan amasado y una cama de cueros. A veces la correspondencia era solo un par de cartas; otras veces, un diario arrugado o un encargo pequeño. Pero lo que llegaba, convertía el momento en una adorada bendición.
En Puerto Aysén, Valenzuela dormía en la pensión Macías, donde se juntaba con otros sobrevivientes del clima: Carlos Asi de La Campana, Benigno Díaz, Munill, Jara, los Pualuán. A todos los atendía diligentemente y allí recordaban rutas imposibles, viajes que no debieron haber terminado bien, nevazones de esas que hacen perder al caballo y al jinete en la misma nube blanca.
Y cuando por fin llegaban a los despachos o estafeta —más tarde instalada en la casa bruja de Juan Carrasco—, doña Victoria Travotic abría los bolsones y sacaba las cartas una por una, leyendo los nombres de la gente que aguardaba con los ojos enrojecidos de viento.
Era el final de un viaje que había empezado en alguna madrugada helada, y que, si la suerte acompañaba, terminaba con alguien escuchando su nombre después de días de espera.
Tiempo después Valenzuela es contratado por la oficina de Correos de Chile, seccional Aysén. Al otro lado del balseo del Mañihuales se reunían los caballos para las postas. Desde allí otro jinete tomaba el relevo con los bolsones bien atados, repitiendo, sin saberlo, la vieja costumbre de los chasquis. Pero aquí no había tambo ni caracola, ningún pututu que anunciara la llegada. Apenas la respiración del caballo, el galope hundiéndose en la madrugada, y algún perro que levantaba la cabeza al oír pasos ajenos.
Los puntos de repartos
El sistema lo capataceaba un personaje peculiar: Juan Mackay Falcón, inspector de Caminos ad honorem, que conocía cada quebrada como si la hubiera parido. Las salidas eran a las cinco de la mañana, tanto desde Aysén como desde Baquedano. Un camión los llevaba hasta el kilómetro veinte; de ahí en adelante, el resto era cuero, viento y paciencia. El pilchero cargaba la correspondencia en chiguas reforzadas, y en los bolsillos de los valijeros se guardaba la tarjeta de identificación que el Intendente Marchant les entregaba para facilitarles comida y apoyo en los ranchos del camino.
Por la memoria de Valenzuela desfilaron muchos nombres: David Alonso, Marcelino Sabres, los Torres de Los Torreones, los Cortés, Huichalao… Gente que abría la puerta y el fogón sin preguntar demasiado, porque sabían lo que era andar lejos de casa.
En Puerto Aysén, Valenzuela vivía en la pensión Macías. Allí se cruzaba con Carlos Asi de la tienda La Campana, con Benigno Díaz, Antonio Munill, Juan Jara, Martín Ercoreca, Pedro Unamuno y los Pualuán. Era un mundo pequeño, pero lleno de historias que se contaban a media voz mientras goteaba la lluvia sobre los techos de tejuelas.
Más tarde, la oficina de Correos se instaló en la casa bruja de Juan Carrasco, el último tambo, el final de la ruta pesada. Allí se escuchaba la voz de doña Victoria, abriendo los bolsones y leyendo los nombres uno por uno. Y la gente, apiñada en torno a la mesa, esperaba en silencio, con el corazón detenido, hasta oír si la vida —su vida— había llegado en un sobre.
En los primeros años de Aysén —cuando la tierra era casi palabra recién dicha, cuando los caminos parecían abrirse solos bajo el peso del caballo— los valijeros avanzaban como sombras antiguas por un territorio que aún no tenía dueño. Todo era vasto, desmesurado, indómito. Un país de cerros azules, de ríos que mordían las piedras y de inviernos que caían como un manto de silencio sobre la vida humana.
Los hombres que llevaban la correspondencia no eran simples mensajeros. Ellos mismos parecían ser como la delgada línea que unía a los vivos con los vivos, la voz de un mundo lejano que apenas lograba filtrarse entre nevazones interminables.
El caballo avanzaba despacio, tanteando el suelo hundido por la nieve. Detrás, el pilchero cargaba las bolsas de correspondencia como si guardara pedazos de alma ajena; cartas dobladas, promesas, noticias de un mundo que quedaba demasiado lejos.
Las distancias eran un dolor antiguo. No solo un número, no solo kilómetros: eran días de silencio, noches sin más abrigo que el cuero helado, mañanas en que la neblina borraba cualquier huella humana. En ese vacío, el hombre se escuchaba a sí mismo, a veces con miedo, a veces con una dignidad que solo nace del abandono total.
En las casas dispersas de la ruta —ranchos sostenidos por milagro— las familias esperaban el sonido del caballo como quien espera la salvación. El valijero llegaba con el rostro endurecido por el viento y los ojos agrandados por la intemperie. Ellos le ofrecían fuego, pan caliente, un silencio compartido que decía más que muchas palabras.
Y cuando entregaba una carta, era como si devolviera un pedazo del mundo que la nieve había ocultado.
Los caminos de la provincia conocieron a unos diez valijeros como estos: hombres que no temieron la distancia, ni el frío, ni esa pena profunda de andar sin familia y sin noches tranquilas. Hombres que avanzaron cuando nadie más avanzaba, que sostuvieron pueblos enteros con la simple entrega de una carta, con un nombre pronunciado en medio de la nieve.
Me encontré una mañana con Higinio Valenzuela. Me abrió la puerta de su casa en calle Bilbao y me hizo pasar. Y no sólo me dio estos detalles asombrosos, sino que, además, sacó la tetera de un mueble ya viejo y en un par de minutos estuvo lista el agua para que la pava reciba a punto la mateada con una bombilla dorada a punto de cacarear. Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.
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